Dicen que un evento como esta pandemia solo sucede una vez cada 100 años. Ciertamente, las generaciones presentes no ha vivido una crisis como la actual implicando que muchos carezcan de los recursos necesarios para hacerle frente. Ante el riesgo de vernos afectados no solo a nivel físico sino a nivel psicológico, surge en muchos la pregunta ¿cuándo pedir ayuda psicológica durante una pandemia?

Muchos se preguntarán si es normal lo que les sucede o si están perdiendo la cabeza, por eso veremos reacciones que son esperables y cuándo son señales para pedir ayuda a un profesional en salud mental. 

Ante la situación presente, hemos vistos las  necesidades más básicas (salud, seguridad, la vida) amenazadas y nuestro estilo y proyecto de vida han sido alterados.

Sin embargo, pocos reconocen la importancia que juega la promoción y el mantenimiento de la salud mental para lograr adaptarnos a los retos que nos ha presentado esta situación.

Nuestra mayor preocupación como profesionales de la salud está en evitar que tras esta experiencia se desarrollen o intensifiquen trastornos mentales como la ansiedad, la depresión y el estrés postraumático, entre otros.

Por ello, en este tiempo de crisis mundial, o de cualquier tipo de crisis, es importante conocer y estar atentos a las señales que pueden estar indicando que es momento de buscar ayuda psicológica para mitigar las secuelas.

¿CUÁL SERÍA UNA REACCIÓN NORMAL ANTE UNA CRISIS?

Cuando se presenta una crisis como la actual, nuestra reacción puede ser tan diversa como la cantidad de personas que existimos en este planeta.

Podemos presentar cambios en nuestras acciones, emociones, pensamientos, en nuestro cuerpo y en la forma en la que interactuamos con otros y en espacios cotidianos.

Muchas de estas reacciones son normales bajo las circunstancias actuales y tomará un tiempo para que volvamos a nuestro estado normal o a uno mejor.

Reconocer lo que nos sucede es importante para una mejor adaptación y para  darle el manejo adecuado que evite mayores problemas más adelante.

Lo esperable es que luego de unas semanas (entre 4 y 6 semanas aproximadamente) las personas logren una estabilidad, sea porque funcionan como antes o porque lograron cambiar y mejorar algunos aspectos de sus vidas.

A continuación, mencionaré los cambios más habituales en estas situaciones. Es importante considerar que no todos los cambios los vamos a presentar y que podríamos incluso presentar algunos que no están mencionados aquí.

CAMBIOS DE COMPORTAMIENTO:

Se pueden presentar cambios en nuestras acciones habituales, sea porque son diferentes o porque se han intensificado o disminuido de una manera significativa.

Un ejemplo sería ver a una persona que reconocemos como habladora y empiece a hablar mucho más o por el contrario, mucho menos.

Otra persona podría empezar repentinamente el consumo de alcohol o de sustancias psicoactivas.

Los cambios de comportamiento más habituales durante un evento crítico son:

  • Hiper o hipoquinesia (moverse mucho o poco).
  • Alteraciones en el habla por verborrea o mutismo (hablar mucho, muy poco o nada).
  • Inhibición (no logra empezar un comportamiento, como quedar “paralizado” o estar carente de motivación).
  • Cambios en el patrón de alimentación (aumento o pérdida del apetito).
  • Cambios en el patrón de sueño (insomnio o exceso de sueño).
  • Aparición o intensificación de comportamientos de agresividad (insultar, gritar, pegar, etc.).
  • Llanto.
  • Retraimiento social (no querer interactuar con nadie).
  • Disminución del rendimiento en áreas como la laboral, educativa y social.
  • Intensificación de conductas de evitación y escape (por ejemplo: hacer aseo o ver televisión cuando tenemos responsabilidades más urgentes que atender. 

Los cambios de comportamiento son los más notorios ya que pueden ser percibidos por otras personas. Por ello, es bueno atender a las observaciones que están haciendo otros de nuestra forma de actuar.

Más aún, los cambios en nuestras acciones pueden ayudarnos a evidenciar emociones que estemos experimentando y que muchas veces no nos son fáciles de identificar.

Por ejemplo, la ansiedad puede hacer que nos movamos más, que aumente nuestro apetito o que nos paralicemos viendo Netflix por varias horas al día.

Sin embargo, estas acciones mencionadas no solucionarán nuestra ansiedad. Aun así, es importante estar atentos a cambios en nuestras acciones para saber que hay algo que debemos atender.

CAMBIOS AFECTIVOS:

Ante situaciones de crisis es normal experimentar diferentes emociones como la ansiedad, la confusión, el miedo, la culpa, el enfado, la soledad, la tristeza y la desesperación como las más comunes.

También se pueden experimentar emociones como la alegría, la nostalgia, el impulso y el optimismo entre otras que podrían ser más agradables.

Sin embargo, lo problemático no es experimentar emociones. Es su intensidad, tiempo o frecuencia lo que suele interferir con nuestra cotidianidad.

Nuestras emociones en ocasiones impulsan a que actuemos de maneras que a mediano y largo plazo nos perjudican. Un ejemplo de esto sería la ansiedad que para muchos impulsa a comer más de lo necesario, provocando naturalmente el aumento de peso.

Para otros, y aunque parezca extraño, experimentar alegría podría, por ejemplo, impulsar a hacer compras innecesarias que luego traerán deudas y problemas económicos.

La lista de emociones normales ante esta situación podrían ser:

  • Miedo.
  • Ansiedad
  • Enfado.
  • Culpa.
  • Tristeza.
  • Soledad.
  • Pesimismo.
  • Nostalgia.
  • Impulsividad.
  • Alegría.
  • Optimismo.

Continuando con los tipos de cambios que podemos presentar, consideremos que nuestras acciones y emociones suelen ir acompañadas de una tercera variable y es el pensamiento.

Estos suelen estar muy relacionados con nuestras emociones y facilitando que se intensifiquen. Por lo tanto, identificar qué pensamientos son habituales en momentos de crisis es importante para darles un manejo adecuado.

CAMBIOS EN EL PENSAMIENTO:

Bajo una situación de incertidumbre es normal que pensemos de manera catastrófica en primera instancia. Podemos pensar que vamos a perder nuestro trabajo, que nos vamos a enfermar o que alguien a quien queremos puede verse perjudicado.

Es igualmente normal que estemos atentos a las “señales” que emite nuestro cuerpo y las interpretemos como inicios algo malo.

Algo más que nos suele suceder es que nuestra atención esté focalizada en lo que hacen otros y en cómo nos pueden perjudicar.

No debe sorprendernos atraparnos observando a otros que están tocando su nariz y luego una lata de atún, para automáticamente empezar a imaginar una película sobre cómo esa lata desató la segunda oleada de contagios.

Lo que va sucediendo con el transcurso del tiempo y en la medida que adquirimos más información de la situación, es que estos pensamientos se van haciendo menos frecuentes y más realistas, permitiéndonos consecuentemente estar más tranquilos.

Sin embargo, las alteraciones del pensamiento pueden ser bastante problemáticas presentadas en alta intensidad, de manera sostenida en el tiempo o de manera intrusiva (pensamientos que no queremos tener y que no podemos controlar).

Las alteraciones más comunes son:

  • Creer que no se tienen control.
  • Pérdida de la capacidad de mantener la atención y la concentración.
  • Pérdida de la memoria.
  • Presentar confusión mental.
  • Pensamientos acelerados o lentos.
  • Dificultad para tomar decisiones.
  • Pérdida de la noción del tiempo, espacio y de quien soy (desorientación).
  • Alteración de la consciencia.
  • Sensación de extrañeza o irrealidad.

Las últimas tres alteraciones del pensamiento mencionadas son esperables dentro de las primeras horas o días luego del impacto del evento crítico. Son por lo tanto de las primeras que se deben desaparecer con el paso del tiempo.

Respecto a la desorientación temporal, esta puede persistir por un tiempo más o aparecer de vez en cuando, ya que nuestras rutinas han cambiado; como cuando estamos de vacaciones. 

CAMBIOS FISIOLÓGICOS:

Dependiendo de la situación de crisis y de las características particulares de cada persona, se pueden presentar cambios a nivel corporal. 

Los síntomas fisiológicos más comunes son:

  • Palpitaciones.
  • Dolor de cabeza.
  • Sudoración.
  • Hiperventilación (respirar rápido).
  • Sensación de ahogo.
  • Presión en el pecho.
  • Tensión muscular (y dolor muscular).
  • Problemas gastrointestinales.
  • Sensación de adormecimiento de algunas partes del cuerpo.
  • Algunos pueden presentar aseveración de enfermedad preexistente como presentar intensificación de una dermatitis que tenía desde antes de la crisis actual.

Las somatizaciones son comunes en estos casos dado que muchas veces se presentan dificultades para expresar las emociones, sea por las características del evento en sí o por características de la misma persona.

Suele ser más común en aquellas que no tienden a hablar y compartir sus emociones y presentan incluso dificultades para reconocerlas.

CAMBIOS EN LA INTERACCIÓN:

Dado a todos estos cambios mencionados anteriormente, es de esperarse que nuestra interacción con otros se vea igualmente alterada y que no podamos atender a nuestras responsabilidades al 100% de nuestras capacidades.

Por lo tanto, se puede esperar que entremos en conflictos con otros, en particular si nos encontramos irritables y si nuestra expresión emocional se vuelve hacia el enojo.

Sin embargo, aunque podemos considerar que la agresividad es esperable bajo situaciones de estrés, jamás será la manera de lidiar con los que nos sucede. Nada justifica la violencia y es importante buscar ayuda psicológica si esto nos empieza a suceder. 

También podemos esperar que nos tome más tiempo hacer cosas que hacíamos todos los días y que cometamos más errores. Ante esto, podemos tender a resguardarnos, alejándonos de otros para buscar espacios de tranquilidad.

Otras personas podrían reaccionar de manera opuesta tendiendo más a buscar la ayuda de otros con más frecuencia al sentirse incapaces de hacer las cosas.

¿CUÁL ES EL PROCESO QUE PUEDO ESPERAR?

La reacción ante una crisis cumple ciertas fases en las que, con el paso del tiempo y en la medida que nos vamos adaptando y la crisis se va mitigando, se va avanzando hasta lograr volver a nuestro funcionamiento normal o a uno mejor.

Cabe mencionar que dependiendo del grado de afectación que la crisis haya generado, el progreso no será lineal. Por lo tanto, es posible experimentar momentos de retroceso. Pero, al mirar el panorama completo podemos evidenciar que sí hay un avance hacia la mejoría.

El proceso de reacción ante la crisis empezará por una fase aguda donde todos los síntomas o cambios en nuestro pensar, sentir y actuar están más intensos, disminuyendo en las siguientes horas.

Seguido, podemos seguir presentando estos cambios o presentar unos nuevos, pero con menor intensidad y aun generando interrupción en nuestro quehacer diario.  Esto puede mantenerse entre 1 y 4 semanas aproximadamente.

Pasado este tiempo, debemos estar evidenciando que los síntomas disminuyen y que nuestro funcionamiento vuelve poco a poco a su estado habitual o anterior a la crisis o que empieza incluso a mejorar mientras vamos creando nuevos hábitos y habilidades, tardando esto entre 1 y 6 meses más.

Se finaliza este con la remisión total de los síntomas o presentándolos en un nivel mínimo, logrando una restauración de nuestra vida y nuestro proyecto o inclusive con más planes y más proyecciones.

Lo problemático en este proceso de resolución es que ocurra un estancamiento donde los síntomas iniciales no disminuye e incluso aumentan. El malestar será perceptible e inevitable, generándose una interrupción de nuestro funcionamiento diario aumentando la posibilidad de trauma.

Hoy vemos el gran riesgo que afrontamos de desarrollar enfermedades mentales y el inmenso reto de motivar a otros a pedir ayuda psicológica.

Sabemos como profesionales de la salud mental que estamos ante la posibilidad de una pandemia de trastornos psicológicos.

Esto debido a que  el coronavirus ha tenido no solo un impacto económico, sino también social y psicológico.  Su manejo no ha estado bajo nuestro control y nos hemos visto obligados a ajustarnos.  Nos ha llevado al confinamiento prolongado y al distanciamiento social, obstaculizando la posibilidad de reparar o reorientar nuestras acciones.

¿CUÁNDO PEDIR AYUDA A UN PROFESIONAL DE LA SALUD MENTAL?

Como se mencionó anteriormente, aunque estas reacciones inicialmente pueden ser normales bajo eventos críticos y podrían pasar rápidamente (horas o semanas), para muchos son insoportables por su novedad o intensidad.

Así, buscar ayuda durante una crisis podría mitigar el impacto que posteriormente esto podría tener en nuestra vida. En estos primeros momentos de la crisis (de unas horas a la primera semana) hablar con amigos y familiares podría ser útil y de hecho deberías ser la primera opción.

Pero ¿qué pasa cuando tu red de apoyo también está bajo estado de estrés agudo? Quizás notes que hablar con ellos de este tema resulte peor y pareciera mejor opción manejar esto solo.

Lo que sucede es que una persona que está igualmente afectada, no es la persona idónea para pedirle ayuda porque esta persona también necesita ayuda.

Por otro lado, guardar silencio, aunque pareciera ser más seguro, realmente contribuye al mantenimiento o intensificación del problema. En silencio no logramos clarificar cuál es el problema y mucho menos dar con posibles soluciones. 

Es así donde los profesionales de salud mental se convierten en esa red de apoyo idónea que ayudará y guiará en la adaptación a este periodo de crisis y a una resolución satisfactoria.

Por otro lado, puede que las primeras horas y las siguientes 2 a 4 semanas sean manejables. Si pasadas 4 semanas, los síntomas persisten o empeoran, lo adecuado sería buscar ayuda psicológica ya que se están empezando a evidenciar dificultades en la adaptación y el riesgo de desarrollar un trastorno mental; más comúnmente el estrés postraumático.

Siempre me ha parecido curioso que en momento de crisis las personas tiendan al aislamiento y crean que mostrar los sentimientos es debilidad.

Quizás, la experiencia sea de pérdida de fuerza cuando experimentamos sentimientos como la tristeza o la ansiedad, pero esto no significa que seremos eminentemente lastimados.

Porque es allí, donde experimento mis emociones y las comparto que puedo conectar honestamente con otros que nos harán más fuertes y unidos

¿y no es eso lo que el mundo parece estarnos pidiendo al forzarnos al confinamiento? 

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